En los días de mi juventud yo pensaba simplemente que Casablanca era una película maravillosa, excitante, desesperadamente romántica y muy satisfactoria.
Humprey Bogart era el hombre que yo quería ser por encima de cualquier otro y quien, en ocasionales fantasías, imaginaba ser. Ingrid Bergman era la mujer a la que quería amar y proteger de todos los peligros.
Al principio, Paul Henreid no entraba realmente en mis cálculos, la idea del "noble sacrificio" era por entonces nueva para mí; pero lo entendí pronto y, habiendo jugado con la idea de que debería haber sido Henreid en lugar de Bogart quien se fuese con Claude Rains a Brazzaville, me di cuenta de que las cosas tuvieron que salir bien como fueron y me sentí mejor aceptando el hecho. Medio siglo después, amo Casablanca, no un poco menos, sino probablemente un poco más, porque, como todas las películas que quisimos en nuestra juventud, ahora nos trae un rico bagaje de asociaciones personales y una dulce melancolía, nacida de los indicios de mortalidad, la del espectador. Y, tras medio siglo, puedo ver Casablanca, por lo menos un poco más objetivamente, como la apoteosis del melodrama dramático de Hollywood, una especie de falta de temor y de perfecto fingimiento que probablemente no podrías hacer hoy impunemente: ¡Cantar la Marsellesa en la cara de los hombres de la Gestapo! Como suelen decirme (y de alguna manera como si fuese culpa mía) no hacen nunca películas como esa.
Es cierto, no lo hacen, y explico tristemente que es porque tampoco es el mundo de ahora como el de antes. El idealismo romántico no viene ahora tan fácilmente. La información, mejor dicho, su exceso, nos ha llevado a ser, según lo formula Oscar Wilde, cínicos que saben el precio de todo y el valor de nada. No podemos jugar a fingir como solíamos, y la pérdida es muestra. Fuera de la realidad del tiempo de guerra, Howard Koch y los hermanos Epstein construyeron un bello, trágico y heroico sueño, y no poca parte de ese atractivo ahora es el que se levanta y refleja el mundo en el que las cosas parecen ser más simples y más claras (si en realidad lo eran o no, es irrelevante) Después de haberla visto por lo menos 30 veces, todavía no puedo ver solo un poquito de Casablanca; tengo que seguir a bordo hasta Brazzaville.
Y no puedo ver nada de Casablanca sin un nudo en la garganta y un poco de humedad en los ojos, suspirando por la clase de inmortalidad que las películas dan a sus estrellas y el gusto que prestan a nuestras más transitorias vidas
Escrito por Charles Chaplin
(Extraído de Cine Clásico, una excelente página sobre el 7° arte)
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